Tres joyas al alcance del ratón

Una selección de tres formas de mirar por la ventana el universo de la pelota. Un disco, una saga documental de 34 episodios de media hora y fragmentos de Soriano en Archivos O’Donnell. Todo a sólo tres clicks.

Por Félix Mansilla

Te tiro un centro

Bernardo Monk —tanguero recio y moderno— dixit: «Si usted sabe a lo que juega, siempre va a llegar el gol». Si cualquier partido arrancara a eso de las cuatro, el disco «Tango, pasión de multitudes» de Monk podría comenzar a sonar desde las doce. No adentro del estadio sino en el puesto de choris y vacipan, a tres cuadras del estadio. Lanzado en 2013 y con tangos y milongas guitarreras, en poco más de 50 minutos traza un recorrido por el paisaje urbano que circunda las calles de las canchas del ascenso.

Desde los títulos y con entonación gallarda, Monk se desliza por todo el contexto que retrata la gran piñata de ese folklore —de humo, familia, trapos, vinchas y gorras— desde el inicio con «A los hinchas», «Futbolero de ley», «El partido de la vida» y «Te tiro un centro». Así, el sonido de arrabal y el lenguaje propio de la cancha están aceitados. Ligar, amargos, comer banco, falta artera, pecho frío, potrero, utilero, llorón. De este modo, la obra toda se adentra en lo que las personas gustosas de ese cambalache frugal —mezcla rara de pasión, orgullo y tragedia— absorben cada fin de semana.

Después de los 30’, el track «Rollinga» pinta de cuerpo entero a ese fato de identidad nacional. “Si vamos a los bifes y me piden que le tire un estandarte de cuño exclusivamente austral (…) es el Rollinga cien por ciento nacional: por argento y por urbano, por pacífico y humano, tu conducta es ejemplar (…) de las masas sos la esencia en el evento popular”.

Los tópicos clásicos no cesan y dibujan aún más el entorno: la parodia a Riquelme en «Sacate el casete», la superstición mundana con «El mufa» y uno que jamás falta en las tribunas, «El panqueque». El final menos esperado, track 11, no podría ser más sufrido viniendo de un cantor hincha del Quemero. Ni triunfal, ni en el pozo. Corte en seco y un resultado mustio: «1 a 1». Se trata de un disco entrador —disponible en Spotyfi— temático y de hondo salpicón criollo.

Somo fulbolero


Vuelta por el universo (con pelota). A lo largo de 34 episodios de media hora, Diego Della Sala se introduce en la historia del fútbol argentino. Sus orígenes, hitos, mitos y evoluciones. Desde el barrio a los campos de la elite inalcanzable. Con un formato similar a Algo habrán hecho por la Historia argentina de Pigna y Pergolini, Della Sala viaja al pasado, interroga a los protagonistas y así —como se pasa un primer tiempo picante— el espectador puede resignificar aquello que no cuentan las transmisiones deportivas ni las historias de Instagram. Al igual que el tufo de una milonga, cada relato nos lleva a un tiempo específico, pero sin desvanecerse ahí y es el mismo círculo a tono con la actualidad.

Hay personajes destacados como el Pato Fillol, el Loco Gatti, el Mariscal Perfumo y el Burrito Ortega. Y también prehistoria, árbitros, periodismo y directores técnicos. Y como sin dicotomías ni rivalidades no somos tales, se encuentran dedicadas producciones que indagan sobre el meollo de los que ni la propia grieta-morbo de hoy nos deja respirar: los estilos. Los antepuestos entre el menottismo a ultranza y el bilardismo ortodoxo. Esos dos modos de vivir una misma vida. El cómo, el qué y la más difícil y fácil de responder: ¿Por qué? Pueden mirarse sin una continuidad puntual y contienen la misma atmósfera de las viejas producciones de Canal Encuentro. Los 38 episodios están en la web www.cont.ar.

Soriano para coleccionar

Para cerrar esta segunda entrega de #CFR, vamos a meternos en el archivo fílmico que Pacho O’Donnell sacó a la luz para unos especiales de Canal Encuentro que están colgados en YouTube. Aparecen así datos biográficos de escritores y artistas claves de nuestro continente. Benedetti, Bioy Casares, Libertad Lamarque, Mercedes Sosa, Eduardo Minogna y la lista sigue.

Pero aquí, la invitación es repasar a Soriano en sus pintorescos retratos de vida. La entrevista fue realizada en 1996, apenas unos meses antes de que Soriano partiera al más allá. Y se lo puede apreciar con el tono leve con el que siempre se expresó en los reportajes para la tevé. En más de una ocasión, el gordo señaló: “Jamás puedo dejar de pensar, respuesta a respuesta, que hay un ojo que no para de registrarme”.

A modo de sinopsis, recomendamos el capítulo dedicado al santo más famoso (que Viggo Mortensen). Soriano, aquel solitario de las letras, sin final. Osvaldo, ese que se mudó a Buenos Aires en 1969, con 26 años y dio sus primeros pasos en el periodismo gráfico en los matutinos Primera Plana, Panorama, La Opinión y El Cronista Comercial.

Cuando pisó las tres décadas lanzó, en 1973, su primera novela «Triste, solitario y final». Se exilió en Bélgica en el ‘76 y después residió en París, desde 1979. Allí permaneció hasta su regreso definitivo a la Argentina, en 1984 (ver anécdota El día que se pelearon Bayer y Soriano). En ese ínterin y siendo un escritor traducido a más de doce idiomas, denunció a la dictadura con memorables escritos para los diarios de todo el mundo. Siempre se definió como “alguien que renegó del éxito y la fama”.

En un tramo especial, O’Donnell busca los pasos de sus días felices. A los ocho vivió en Tandil y luego se fue junto a sus padres a Cipoletti, en el Alto Valle de Río Negro. Allí transcurrió el fin de su infancia y el comienzo de la adolescencia. Acá, una selección de los trayectos en el que se lo observa soñador y fugitivo.

Quijote.«El Valle era un lugar muy desértico y no había librerías. La diversión y la cosa más fuerte que pasaba era el fútbol. Yo soñaba con ser jugador de fútbol antes de haber leído y odiado a los clásicos que nos asestaban en el colegio: Cervantes, Don Segundo Sombra y Sarmiento. En aquel momento lo daban señores todos engolados y así, uno no se podía reír con el Quijote».

Solitario. «Él éxito verdadero es la felicidad, la primera utopía. Por timidez, quizá, me cuesta mucho moverme en lugares públicos. La televisión me da mucho miedo. Tengo horarios muy extraños, lo que me convierte en un ser poco social. Ni para hacer los trámites llego. Tengo vencido mi pasaporte y sé que no lo voy a renovar hasta poco antes de viajar. Imagino historias, porque me gusta estar solo con un cigarrillo, dejarme pensar».

Hacedor. «Yo no sabía qué hacer de mi vida y miraba para arriba a ver si bajaba la pelota. Tenía 19 años y me sentía solo en una cancha vacía. Todavía estoy ahí. Y creo que ahora sigo rehaciendo goles que no hice. De pronto me digo: ¿cómo puede ser que aquella vez no la tocara por encima del arquero?».

Anhelante. «Creo que debo ser uno de los pocos escritores argentinos que han sido jugadores de fútbol, antes de ser escritores. Tengo la fuerte sensación de que todo eso estuvo vinculado con todo lo que iba a ser después a lo largo de mi vida».

Solitario. «Será una cierta visión irónica de la realidad misma y la soledad: más allá del argumento, todos mis personajes son perdedores solitarios. Todas esas cosas representan, considero, una larga época de nuestro país. Los creadores, por ejemplo, han sido náufragos y solitarios».

Rebelde. «El fútbol en mis escritos es persistente y supongo que mal visto desde la mirada de un intelectual argentino medio. Siempre hay una especie de dicotomía a la francesa y no a la italiana o a la inglesa, de que si uno es un hombre de letras, como dicen los franceses, no será nunca un hombre de cancha. Salvo la excepción de Albert Camus con sus historias de arquero en Argelia, quien siempre dijo que todo lo que aprendió se lo debe al fútbol».

Populista. «Yo sé, no me lo dicen directamente, pero se me suele considerar como escritor “populista”. Debe ser quizá porque yo veo en el fútbol no sólo el partido en la cancha o lo que muestran por la televisión. A mí, como escritor u hombre que intenta descifrar ciertos elementos y enigmas que andan dando vueltas por la sociedad, dentro de una cancha y lo que pasa alrededor se me escenifican como los dramas y las tragedias de una sociedad. Hay que saber leerlas».

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