Mamá ataja

Vanina Correa es la arquera de la selección de Argentina. A los 37 años, acaba de arribar al Espanyol para afrontar su primera experiencia en Europa. En 2010 había dejado el fútbol para ser mamá y siete años después regresó para trascender en los albores de un cambio de época. Perfil de una gran madre.

Por Nicolás Sotomayor

Eran horas de la madrugada. Las valijas aguardaban al lado de la puerta. Los mellizos habían estirado aquella noche pos cena hasta que los parpados comenzaron a caer, poco a poco, como si fueran gotas que repican sobre el techo. La madre los acompañó a la habitación y, a la espera del sueño profundo, recostó su cabeza en una almohada junto a ellos. Los miró con la misma dulzura de la primera vez que los tuvo en brazos, cuando había decidido dejar todo para convertirse en mamá. Ese todo, para Vanina Correa, era el fútbol. Y contra tanto mandato adverso durante años, que surja esta oportunidad a los 37 años para jugar en el fútbol europeo asoma casi como un acto de justicia divina. La madre que ataja consideró que era el momento. Despidió a los mellizos con un beso en la mejilla y encaró hacia el nuevo desafío.

Vanina la Flaca Correa es la arquera de la selección argentina. Nació en Villa Gobernador Gálvez, Santa Fe, el 14 de agosto de 1983. Inició su carrera en el 2000, con 17 años, en Rosario Central. Defendió la valla de Boca, Banfield, Social Lux, Renato Cesarini y San Lorenzo, éste último en el primer torneo semiprofesional del fútbol argentino. Lo curioso es que, en medio de la brillante trayectoria, se había alejado de las canchas a fines de 2010. Con su pareja apostó por formar una familia, y recién en 2013 logró llevar adelante el tratamiento de fertilidad. Al año siguiente, nacieron por parto natural Luna y Romeo, los mellizos de la ex arquera en ese entonces.

La primera casualidad del destino se produciría en el verano de 2017, en Mar del Plata, mientras jugaba un torneo de manera recreativa con sus amigas. Carlos Borello, que acababa de asumir otra vez como director técnico de la selección, se la cruzó en la ciudad balnearia y le propuso el regreso a la actividad, nada menos que en vísperas a la preparación al Mundial de Francia 2019. Dudó al principio, nunca había imaginado esa escena. Aceptó luego de unos días.

Vanina Correa con sus mellizos (foto: La Nación).

Atrás quedaron los dolores del cuerpo o aquellos 30 kilos de más durante el embarazo. Desde 2015 era cajera en el municipio de su localidad natal —permanece en esa labor, ahora con licencia—, pero para Vanina Correa el fútbol es su vocación o su vida tanto como los mellizos. Con apenas 6 años había elegido jugar a la pelota en las infantiles del club Villa Diego Oeste. Debió hacerlo con los varones, en cancha de 7, hasta que dieron el salto a la de 11, cuando ellos (los varones) pasan a la etapa de juveniles. A ella, la defensora de aquel equipo, no se lo permitieron por ser mujer. Ese mandato tan cruel pudo haberle quitado un rasgo de su identidad y sin embargo Vanina continuó ligada a su pasión. Decidió atajar en un combinado de mujeres, en la única competencia disponible que aún se jugaba en cancha de 7. Sin darse cuenta, daba su primer paso de arquera legendaria.

Si en primera parte luchó para disfrutar en medio de un fútbol invisibilizado, en esta segunda parte parece recibir la recompensa de aquella lucha y, mientras disfruta, logra trascender en los albores de un cambio de época.

Es un símbolo del seleccionado. La Copa del Mundo Francia 2019 resultó la tercera participación de la Argentina y de Correa en la competencia organizada por la FIFA. Antes había presenciado los mundiales de Estados Unidos 2003 y China 2007. Con la celeste y blanca también estuvo en un puñado de copas de América, Juegos Panamericanos y hasta en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. En ese andar inicial sobrellevó el regusto amargo por derrotas y victorias: el duro traspié 11-0 contra Alemania, en el Mundial de 2007, demostró la diferencia abismal en la preparación de una y otra selección; la consagración en el Sudamericano del año anterior en Mar del Plata, tras vencer 2-1 a Brasil en una final con pocos espectadores en el estadio Minella, expuso el nulo interés que existía con el fútbol femenino.

Pero Francia 2019 tuvo el sabor más dulce. Después de la huelga contra AFA —habían pasado dos años sin que les organizara partidos— y de los reclamos realizados en la Copa América —salían en las fotos con las manos al lado de las orejas, ese típico gesto del Topo Gigio—, la Argentina alcanzó la clasificación en el repechaje contra Panamá en una cancha de Arsenal de Sarandí repleta de mujeres en las tribunas. En el grupo mundialista se enfrentó a Japón, Inglaterra y Escocia, y todos los encuentros contaron con una gran repercusión a partir de las transmisiones de la TV Pública y Radio Nacional. Vanina Correa fue primera tendencia en Twitter el 14 de junio de 2019, el día del cruce contra las inglesas: se lució al atajar varias pelotas complicadas y un penal consagratorio. «Mis hijos me dieron el empujón para llegar», le dijo a la prensa oficial de la FIFA, mientras le daban el premio como la mejor jugadora del partido. «Lo suyo fue de una arquera de clase mundial», la elogió Phil Neville, la entrenadora de Inglaterra.

Bajo los tres palos, Vanina impone presencia no sólo por su 1.83 metros de altura. Goza de buena salida, de mejor ubicación y de una elasticidad que le permite volar en los remates a media altura. La experiencia de sus 37 años le añade la virtud del oficio en el puesto. Justo en el día de la primavera, la arquera arribó al Viejo Continente para jugar en el club Espanyol de la Primera División de España. «Afronta ilusionada su primera aventura lejos de su país tras una trayectoria digna del mejor guion de Hollywood», narra la nota informativa del medio catalán Mundo Deportivo. Firmó hasta junio de 2021. Eso sí, puso una cláusula en el contrato que le permite viajar cada tres meses a la Argentina para ver a sus mellizos Luna y Romeo.

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