La mirada de papá

«A mí el fútbol me llegó por mi viejo. Y a él por el suyo. Hay cierta garantía implícita en el folclore de nuestra sangre, que me asegura que cuando yo juego a la pelota, Papá me ve». Fútbol,  masculinidades y constelaciones familiares. Jugar a la pelota. ¿Para quién? 

El equipo de la UNR que se consagró campeón en cancha de Unión

Por Juan Francisco Bonacossa Gaviola.

Tardé casi treinta años en conseguir la mirada de Papá. Tres décadas motorizando mi vida a través del deseo de que mi viejo me vea. Intentando ordenarme de tal manera en mi linaje masculino, para que el amor en mi vida fluya con naturalidad. Voltear por un momento la mirada hacia atrás, y ver a los hombres que me preceden con la vista al frente. Orientados hacia donde caminamos para que la vida siga su curso. Para adelante.

Hacía un tiempo que yo había decidido jugar diferente. Enaltecería al fútbol, a mi linaje masculino y a la vida misma, con la liviandad de mi aquí y ahora.

Infinitas habían sido hasta ese momento las lesiones y tensiones, los enojos y auto boicots. El coqueteo frente a mi amor eterno por jugar profesionalmente, con una histeria que mezclaba un gran esfuerzo material por concretarlo, y que a su vez, agazapado dentro acorazaba un gran temor por no conseguirlo.

Una mixtura casi esquizofrénica, entre sueño y vigilia. En la que convivía por un lado el sueño prístino de jugar con la del Tate; o con la de Boca, y que Madelón o Bianchi desde el banco me indiquen que era mi momento de entrar. Y a partir de ese momento del sueño se abrían las opciones, como si fuera un Elige tu propia aventura

A- No tenía botines. Y cuando los iba a buscar el partido terminaba.

B- Entraba a la cancha palmeado por Bianchi, la bombonera explotada, llegaba a la mitad, Román me daba un par de indicaciones, y cuando la pelota rodaba yo estaba como en cámara lenta, y no podía jugar.

C- La pelota en juego, el contexto era una fiesta y yo, con tanta calma como confianza, hacía lo mío, disfrutaba y hasta hacía un gol. Al término declaraba para la prensa de una manera muy riquelmista. 

Esta última opción es la que menos reincidía.

Y por su parte, la realidad concreta me hallaba entrenando en las inferiores del propio Unión de Santa Fe, consiguiendo un lugar entre mis compañeros, y sintiendo dentro mío: ¿Cuándo se esfumará esta ilusión? ¿De qué manera se va a pinchar este globo?

Subyacía en mí la idea de que eso tan deseado, tan intensamente anhelado, tan hermoso, no podía ser para mí, que por alguna razón no lo merecía. A veces me pregunto si Don Marcelo Bielsa no sufrirá de esta misma paradoja: querer mucho algo, trabajar con todo el espíritu para conseguirlo, y tener instalado el autoboicot del “no soy digno” metastaseando dentro.

Intentando indagar de dónde viene esta sensación que potente sabe ocultarse dentro mío, suelo recordar a mi nono, un hijo de inmigrante italiano, que vivió lo que es comer cuando haya, que botelleó, hombreó bolsas, y que fue tocado por un médico y por la varita el mismo día. En aquel Campeonato Evita en que además de haber sido revisado por primera vez en su vida, gente de Unión impactada por la fuerza de su patada y su velocidad, lo elegía para sus divisiones inferiores.

El libro de los 100 años de Unión retrata uno de los goles de Bonacossa con la del Tatengue

Y pienso en él, porque algunos años después, el San Lorenzo de Sanfilippo (club del que además era hincha), lo tenía entrenando en sus instalaciones. Y se me viene su imagen, en el club de su ilusión, con ídolos del fútbol nacional, tomándose medidas para que le confeccionen su propio traje de tela buena, y sabiendo que en unos días subiría por primera vez a un avión para participar de una gira con el plantel Santo por el norte del país. 

Claro que se me viene él en ese momento, andando sobre los rieles de lo que alguna vez había sido un sueño, y estampándose de frente con la noticia de que en aquellos albores del fútbol profesional, Unión pedía una cifra impagable y la operación se caía junto con sus ilusiones.

Cuenta la nona que a su regreso estuvo tres días encerrado en una pieza, llorando.

¿Habrá mi nono sentido que tanta magia hecha realidad no era para él?

Cuando experimenté conflictos emocionales con los técnicos, se sucedieron siempre con la misma impronta repetida. Muchas veces llegué a sentir que ellos no valoraban mis cualidades, o peor aún, que no me elegían para jugar en el tiempo y la forma en que yo creía que deberían elegirme. Que no me veían.

Una y otra vez y yo ciego. O casi. Más que ciego, inmóvil frente a esos conflictos. Enojado, creyéndome despojado de toda justicia, quejoso, incómodo.

En el fondo sabía, intuía por donde venía la mano. Pero esas pistas que me entregaba el destino, los repetidos mensajes que me mostraba el campo cuántico, me llevarían a un lugar para el cual aún no estaba preparado, al verdadero punto ciego de mi historia: la mirada de Papá.

La primera vez que presencié una Constelación Familiar —atosigado por mi madre para que lo haga—, un hombre tosco y sensible estaba en el centro del gran círculo en donde ocurre la cosa. Con el micrófono en su boca, luego de que el constelador le preguntara qué lo traía hasta ahí, mirando al piso y hablando como para adentro y no por eso con menos autoridad, el hombre respondió: Vengo a constelar el fútbol en mi vida.

Seguidamente tuvo que elegir personas de entre los allí presentes para representar aspectos de su sistema (árbol) familiar, y así llevar a cabo la constelación (que vendría a ser como colocar las piezas del rompecabezas —representantes— sobre el escenario, y acompañado por el constelador ir observando y desmembrando el conflicto de la persona, mientras los representantes, desconociendo por lo general a la persona y los motivos que la trajeron hasta allí, se dejan llevar por sensaciones y actúan movidos por lo que les va surgiendo, en el centro del gran círculo). Había alrededor de cien personas presenciando el evento.

Resultó así que el tipo me clavó la mirada fijamente y señalándome, me llamó al centro. Si no fui el primero en ser elegido, pega en el palo. Una vez que estuvimos todos elegidos, el constelador indicó qué roles representaríamos cada uno. «Vos vas a ser el fútbol», me dijo y ya se me empezaron a aflojar las patas.

Llegando al final de la performance, el protagonista que había resultado ser ex futbolista profesional de Unión de Santa Fe, quedó frente a mí. Alrededor suyo estaban otros representantes que lo venían siguiendo y a quienes había ido reuniendo mientras visibilizaba su conflicto.

Recién cuando tuve enfrente a este robusto volante central de recuperación, pude levantar la mirada. Esa tosquedad estaba a punto caramelo para quebrarse en llanto, y como si mi toda alma pudiera meterse en sus adentros empatizando, la pera y el labio inferior me empezaron a temblar.

Su mirada de niño dentro de ese cuerpo enorme se posó sobre mí, y siguiendo las indicaciones del constelador me dijo, con voz entrecortada: «Gracias por ayudarme a quedarme en la vida». Seguidamente nos fundimos en un mismo llanto y abrazo, que duró minutos. Y de fondo, cada vez que podía, él me repetía: Gracias por ayudarme a quedarme en la vida. Extendiendo así nuestro llanto.

Cuando salí de aquella constelación, tuve la certeza de que había algunas personas que debían experimentarlo, y me propuse hacérselos saber. Llamé a cada una diciéndole: Acabo de presenciar una Constelación Familiar, no me preguntes demasiado de qué se trata, pero me hizo bien, y siento que tenés que vivirlo. Una de estas personas era mi viejo.

Algunos meses después, en aquel mismo espacio, confluían mi padre y mi madre. Él, movido por mi propuesta, ella, porque era una de las que cursaba la formación que abría sus prácticas a la comunidad. Mi viejo no sólo fue a presenciar, sino que pidió constelar. Ser elegido para trabajar su sistema familiar. Y me cuentan que al mejor estilo Uruguay clasificando a un Mundial, entró por la puerta de atrás, siendo el último elegido para hacer su trabajo.

Cuando le llegó el momento, como en un pan y queso fue eligiendo a ojo a sus representantes. Mi viejo jugaba de visitante y sin hinchas propios aquella tarde. Apuntando con su dedo fue haciendo entrar al gran círculo a alguien que haga de él, de sus dos hijas, de sus dos hijos, madre, padre, abuelos y un representante para Italia. Transcurrió la cosa, y resulta que la fotografía de un momento del trabajo, mostraba el siguiente cuadro:

Mi bisabuelo Pietro mirando a Italia —en donde había quedado su familia, parte de su vida y de su alma—.

Su hijo, mi nono Juan, mirando a su padre —que miraba a Italia—.

Mi papá, mirando a su viejo —que miraba al suyo—.

Todos mirando hacia atrás, hacia algún suceso significativo del pasado. Parte de la vida se les iba o se les había ido allí.

En esa constelación, el mismo hombre recio, corpulento y ex futbolista para quien yo representé el fútbol en su vida meses atrás, estaba participando de público. Como yo lo estuve en su constelación. Y fue elegido por mi padre para hacer del suyo. Para hacer de mi nono Juan. 

No me pregunten si esto es casualidad, coincidencia, azar, ni nada. Con estas cosas es creer o reventar. Y yo elijo creer. Porque lo experimenté, y para mí tiene sentido. Cuando me enteré —aunque en el fondo no me sorprendió tanta sincronía— casi me caigo de orto.

¿Habrá sido el fútbol una ayuda para quedarse en la vida también para mi nono?

Aquella tarde, las miradas de mi linaje masculino, quedaron expuestas. Quedó sobre el tapete cómo venía la mano. Para dónde miraban o habían mirado cada uno de los hombres que me anteceden.

Más para que exista el orden orgánico, que permite que el amor en nuestros sistemas familiares pueda fluir, todos y todas debemos estar mirando hacia adelante. Apoyados por los que están detrás nuestro. Pues de ellos nos viene el regalo de la vida y con él la fuerza para avanzar en ella. 

Y esto es tan ley, como cuando se dice que los goles que se desperdician en el arco rival, luego entran en el propio.

La mirada de los de atrás es mucho más que unos ojos posados en la nuca. Es una mirada con buenos ojos, que hace de combustible para los caminos que deseamos emprender. Y que por tratarse de la mirada masculina en este caso, con ella también llega la fuerza para avanzar, la determinación de ir hacia los objetivos propuestos.

A mí el fútbol me llegó por mi viejo. Y a él por el suyo. Hay cierta garantía implícita en el folclore de nuestra sangre, que me asegura que cuando yo juego a la pelota, Papá me ve. Directa o indirectamente, él pone su atención en mí.

La cuestión era descubrir y resignificar el fútbol como mero escenario de visibilidad y aprobación paterna, pues mi amor y goce por él van más allá. Y además, quitarle un poco de peso, para poder jugar más liviano.

Si hay algo que a mi viejo lo conmueve es verme jugar. Él confía igual o más que yo en mis capacidades, también dentro de la cancha. 

Cuando me mudé a España sonaba en algunos medios la vuelta de Banega al fútbol argentino. Y esa tarde en que me subía al avión, me mandó un mensaje con una foto mía en cancha que decía: «Nuevo volante del Sevilla, Banega viene a Boca, y entra el chino loco de papá«.

Esa foto en cancha que me reenvió, me ilustra disputando una pelota con un gesto que, a mi parecer, une la determinación de un arte marcial con la sutileza de una danza.

Foto: Florencia Bianchi

Él la tenía porque se la mandé la semana que volví a competir por los porotos, jugando para el seleccionado de mi Universidad. Fue la imagen que elegí para que me acompañe en aquella revancha del fútbol en mi vida, cuando entré por la ventana en la convocatoria para disputar los Juegos Universitarios Regionales. 

Y elegí esa foto, porque de alguna manera integra mis energías masculinas y femeninas: Marte con Venus, Mascherano con Gago, Batistuta con el Enzo, etc. Y era desde esa integración que yo elegía transitar esta experiencia. Y sobre todo, aceptándome tal como soy, con lo bueno y lo malo, eligiendo disfrutar del fútbol por amor al arte, honrando lo que significa en mi árbol genealógico, y en esa honra, vivirlo como lo que realmente es: un juego y una fiesta.

Al regreso del último viaje en el que había competido, había podido escribir una poesía que en este momento sentía como mapa, como GPS para ubicarme:

Menos es más

Cuando entre a la cancha

será mi bandera,

el tatuaje en mi sien

mi mántrico lema.

 

Menos es más,

me voy a gritar adentro susurrando.

Recordándome que nada extravagante

dará a luz eutonica belleza amable.

 

Ni errante, ni vago.

Interior y claro

ha de ser lo que yo emane,

para de mi auténtico brillo impregnar este viaje.

 

Me mostraré a mí mismo,

que mi mejor versión es confiando,

valorizándome, creando.

Ser y dejar ser, integrar bandos.

 

Cuando pise el pasto cotidiano,

voy a insistirme: “Sin mí a ningún lado”.

Habituar tenazmente mi registro y cuidado,

para que encarne en mi accionar diario.

 

En el momento en que la pelota ruede,

voy a contemplar su trayecto y contexto,

mirar periferia y centro,

y sencillo entregar lo que traigo dentro.

 

Cuando la tribuna me putee,

voy a seguir buscándome, encontrándome.

Que ese sea mi esfuerzo, y salga lo que salga,

que no me falte huella, presencia.

 

No necesito ser nada que no soy,

ya no se trata más de andar sobreviviendo.

Pleno existir aceptando mi recorrido hasta hoy,

abrazando cada paso, pasado, presente y los que irán viniendo.

Ilustración de Sofía Franco

Me enfrenté a este regalo del destino de volver a competir a mis casi treinta años, con la sencillez de un niño que juega y disfruta de sus amigos, y con la  madurez de un hombre que se sabe tal, gracias al camino recorrido y sus herramientas.

A dos semanas de aquella foto, yo volvía a ponerme la camiseta de la UNR (Universidad Nacional de Rosario), y aunque fuera el jugador con más años y viajes en ese plantel, para mi nueva versión era el debut: Santa Fe, ciudad donde nacieran mis padres y abuelos, me vería nacer de nuevo dentro de una cancha.

Transcurrió el torneo y agonía tras agonía, con el plantel más ganador que integré en mi vida, desembarcamos en la final. Históricamente en estos viajes suelen sonar escenarios voluptuosos para el partido que define al campeón. Y esta vez se cumplió. La noche del 29 de Mayo de 2019, agotados tras la clasificación por penales y la secuencia de 5 partidos en 3 días, nos enteramos que la mañana siguiente jugaríamos en el estadio de Unión. Lo llamé a mi viejo, y como aquel día después de constelar, le dije: Mañana jugamos la final en el 15 de Abril. Siento que tenés que venir. Me encantaría que puedas estar.

Aquel 30 de Mayo, pisaba yo el césped de ese escenario familiar. En el mismo arco que mi abuelo rompía redes y metía arqueros adentro, me tocó patear uno de los penales por la definición. Nuestro excéntrico DT se retiró al vestuario. Él no miró. Y no tenía demasiada importancia para mí, pues su mirada ya no era como la de un padre. Ni en aquel torneo le exigí en su rol de seleccionador, que me elija, como si de eso dependiera mi vida o mi fuerza.

Mis compañeros me odiaron. Dicen que demoré un montón en llegar al punto de tiro, acomodar la pelota, dirigirme a ella y ejecutar. Ellos no sabían que en esa caminata yo rearmaba pedacitos de todas las historias e imágenes que desde niño mi abuelo, que para mí era una especie de Dios, me contaba. En cada sobremesa me le arrimaba, buscando anidar en alguno de sus rincones, y le decía en voz baja: Nono, contame de cuando vos eras jugador.

Los que esperaban abrazados en la mitad de cancha, tampoco sabían que desde la misma tribuna en la que 60 años antes, Don Pietro miraba jugar a su hijo Juan, Rubén me estaba mirando a mí.

Pateé con calma la pelota, logrando que entre en el lado opuesto al que fue el arquero. Y el seco crujir de la red haciendo eco en tamaño estadio vacío fue sucedido por mi desbocado ¡Goool chee! cerrando con fuerza mi puño derecho. Cerrando con amor un ciclo de mi historia.

Miré hacia la tribuna levantando un corazón hecho con mis dos manos. Allí encontré la mirada de Papá.

Sé con certeza que también estaban mi nono Juan y Don Pietro, mirando cómo la vida continuaba. Siendo testigos de que esa vida que alguna vez tuvieron y entregaron, hoy sigue su curso, abriéndose paso.

Ese día, tanto los que estaban a mi lado, como los que me sostienen de atrás, gritamos Dale Campeón.

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