Eduardo Galeano: “Gambetear en el fútbol moderno es una prohibida aventura de libertad”

Hincha de Nacional, escritor y profeta de la redonda, el uruguayo sentipensante alguna vez dijo que escribía sobre fútbol, porque “es el espejo del mundo y en mis libros yo me ocupo de la realidad”.

Foto: Reuters

Por Félix Mansilla

Eduardo Galeano (1940-2015) —en sus libros, en infinitas entrevistas— siempre se presentaba así: “Como todos los uruguayos, quise ser jugador de fútbol. De noche era una maravilla, pero de día era muy pata de palo, el peor que se ha visto en los campitos de mi país”. Sobre sus gustos y deseos, amplió sin ambigüedades ni medias tintas sus pareceres sobre el asunto. “Mi pedido, siempre ver alguna linda jugadita, por amor de Dios. Me considero un mendigo de buen fútbol. Cuando eso ocurre, festejo sea cual sea el club o el país que me lo ofrece”.

Bienvenidos a la tercera entrega de Entrevista Imposible con el escritor sentipensante.

Entrevista completa*:

¿Cuáles fueron las razones que hicieron que usted sea escritor?

Como el fútbol no era lo mío, estaba visto: no tenía más remedio que probar algún otro oficio. Intenté varios, sin suerte, hasta que por fin empecé a escribir, a ver si algo salía. Y en definitiva, resumiendo, diría que escribo intentando que seamos más fuertes que el miedo al error o al castigo, a la hora de elegir en el eterno combate entre los indignos y los indignados. Escribí «El fútbol a sol y sombra» para la conversión de los paganos. Quise ayudar a que los fanáticos de la lectura perdieran el miedo al fútbol y que los fanáticos del perdieran el miedo a los libros. Pero jamás imaginé nada más.

¿Reniega del fútbol de la actualidad? ¿Por qué razones?

Sí, porque a medida que el deporte se hizo industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí. El fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. Los jugadores no sienten ya como un niño, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez. Yo le llamo el ‘fútbol para mirar’ porque no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. Por digo y reafirmo que que gambetear en el fútbol moderno es una prohibida aventura de libertad.

Escribí «El fútbol a sol y sombra» para la conversión de los paganos.

¿Cuál cree son los puntos que atentan contra lo lúdico?

En primer lugar, creo que es la tecnocracia del fútbol profesional que se ha ido imponiendo la pura velocidad y mucha fuerza. Eso renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohíbe la osadía. Por suerte, siempre aparece algún descarado carasucia que se sale del libreto y gambetea como en una prohibida aventura de libertad.

¿Qué incidencia tuvo en eso la inclusión de la figura del DT?

Antes existía el entrenador y nadie le prestaba mayor atención. Después, cuando el fútbol profesional necesitó una tecnocracia del orden, nació el Director Técnico con la misión de evitar la improvisación, controlar la libertad y elevar al máximo el rendimiento. Eso hace que los jugadores se conviertan en disciplinados atletas.

¿En qué se diferencian los jugadores de fútbol de los otros trabajadores?

Lo primero es que cuanto más éxito tiene y más dinero gana, más preso está. Entrenamientos feroces, concentraciones, analgésicos y cortisona para apagar los dolores. En otros oficios, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador puede ser viejo a los treinta y pico de años y los músculos se cansan temprano.

¿Considera que los jugadores de hoy son más actores que los de antes?

Primero me pregunto: ¿Cuántos teatros están metidos en el gran teatro del fútbol? Y ¿Cuántos escenarios caben dentro del rectángulo de pasto verde? No todos los jugadores actúan solamente con las piernas. Hay actores de todo tipo: los que son memorables en el arte de sacar ventaja, los que hacen tiempo, los magistrales en el arte de atormentar al prójimo y poner cara de santos. Cuando se agarran la rodilla y entran los médicos y masajistas, pasa una eternidad, hasta que lo sacan del campo y ocurre el milagro de la resurrección.

¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción de los creyentes y en la desconfianza de los intelectuales.

¿Es de los que piensan al juego como un relato o una historia con más de 90 minutos de tensión?

Sí, es lo más bello de este deporte. Claro que por TV es otro cantar, pero los relatores que acompañan las imágenes saben que jamás pueden competir con los de la radio. Allí, los partidos no son aptos para cardíacos. Son maestros del suspenso que corren más que los jugadores y más que la propia pelota, y a ritmo de vértigo relatan un partido que suele no tener mucha relación con el que uno está mirando. En esa catarata de palabras, pasa rozando el travesaño el disparo que uno ve rozando el cielo.

¿Qué le contesta a quienes dice que el fútbol es el opio de los pueblos?

Empiezo con una pregunta: ¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales. Su desprecio se funda en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece: donde se impone el instinto animal sobre la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere. Muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria, ya que, presumen, que hipnotizados por la pelota los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase. Salvo el marxista Antonio Gramsci que elogió ‘este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre’.

Para cerrar, defina lo que para Eduardo Galeano significa el gol…

El gol es el orgasmo del fútbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna (risas). A mitad de siglo era raro que un partido terminara en cero. Ahora, los once jugadores de muchos equipos se pasan el partido colgados del travesaño, dedicados a evitar los goles y sin tiempo para hacerlos.

*Con extractos del libro «Cerrado por fútbol» (Siglo XXI, 2da. edición, 2018)

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